Una obra por debajo del agua
Durante siglos, la propia forma de la Bahía de La Habana fue un obstáculo. La bahía es una bolsa de agua casi cerrada, a la que se entra por un canal estrecho, de modo que las orillas este y oeste quedan separadas por el puerto. Para pasar de un lado a otro había que tomar una lancha o dar un largo rodeo terrestre alrededor de todo el saco de la bahía.
El túnel cambió esa geografía. En lugar de un puente que estorbara la navegación por el canal, se optó por una galería sumergida que discurre por debajo del lecho, dejando la superficie libre para los barcos. Así, el tráfico rodado cruza sin interrumpir la entrada y salida de buques, y la bahía sigue funcionando como puerto mientras la ciudad circula por debajo.
Cómo se construyó y cuándo
El Túnel de la Bahía se inauguró en 1958, en vísperas de grandes cambios en la isla, y fue una de las obras de ingeniería civil más notables de su época en Cuba. Su ejecución se encargó a una empresa francesa especializada en este tipo de trabajos, que empleó la técnica de tubos prefabricados sumergidos: secciones de galería fabricadas aparte, transportadas a flote y hundidas en una zanja excavada en el fondo, para después unirlas y sellarlas.
Ese método explica por qué el túnel es relativamente corto pero técnicamente exigente. Cruzar por debajo de un puerto activo, controlando el agua y la presión, requería una precisión considerable. El resultado fue una vía que en pocos minutos salva una distancia que antes obligaba a un trayecto mucho más largo.
Qué conecta y por qué importa
Por el lado occidental, el túnel arranca cerca del extremo del Paseo del Prado y el Malecón, en el corazón histórico. Por el oriental, desemboca en la zona de Habana del Este y enlaza con la Vía Blanca, la carretera que corre hacia el este a lo largo de la costa norte en dirección a Matanzas y la región de Varadero.
Para la ciudad, esa conexión fue decisiva. Abrió al desarrollo la orilla este de la bahía y facilitó el acceso rápido hacia el litoral oriental. Para el visitante que llega por mar, el túnel es también la explicación de por qué las fortalezas de la banda este quedan hoy a un corto trayecto del centro: la bahía ya no divide a la ciudad como antes.
El túnel en el paisaje del puerto
Aunque no se ve, el túnel forma parte de la lógica del puerto tanto como los muelles o el faro. Es la pieza que permite que un puerto encerrado en una bahía siga siendo el centro de una ciudad que necesita moverse por sus dos orillas.
Muchas de las escenas más conocidas de La Habana, como los coches que enfilan hacia el este junto al Malecón, o la vista de La Cabaña y el Cristo desde la orilla vieja, tienen sentido pleno cuando se recuerda que existe esta vía invisible bajo el agua. Sin ella, cada uno de esos cruces exigiría rodear la bahía. Con ella, el puerto y la ciudad conviven sin estorbarse: los barcos arriba, el tráfico por debajo.